El Camino de la Humildad

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El Camino de la Humildad

La humildad es lo opuesto a la arrogancia; cuando estudiamos las vidas anteriores de los reyes de Tiro y de Babilonia en Ezequiel 28 e Isaías 14, podemos ver que la soberbia es la causa básica del pecado.

Debido a nuestra arrogancia, fuimos implicados en el pecado de Lucero y fuimos arrojados a la tierra. Éramos ángeles en el cielo, y teníamos altas posiciones. Pero al ser arrogantes nos corrompimos y pecamos, y en consecuencia fuimos arrojados a la tierra. Mediante este hecho, entendemos por qué debemos humillarnos ante Dios.

Aprendan la humildad de Cristo

Jesús dio a sus discípulos muchas enseñanzas acerca de la humildad, y les mostró su ejemplo personal de humildad. El apóstol Pablo pidió a los santos que tubueran el mismo sentir o corazón de Cristo, que es la actitud de la humildad.

Fil. 2:3-11 “[…] antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo […]. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimo el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló así mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también se exaltó hasta lo sumo, […] y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

El que quiere arrepentirse y volver al cielo, debe tener el mismo sentir de humildad de Cristo. Ya que la humildad es una de las virtudes más importantes que debemos aprender de Cristo.

Lc. 18:9-14 “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio de mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

El que se exalta, el arrogante, será humillado. Pero el que se humilla y reconoce su condición de pecador, como el publicano, será enaltecido y recibirá gloria en el cielo; porque siempre da gracias a Dios en todo y vive según la voluntad de Dios.

Dios da gracias a los humildes

El apóstol Pedro, que fue enseñado por Jesús acerca de la humildad, nos dio la siguiente enseñanza:

1 P. 5:5-6 “[…] revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracias a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.”

Si comprendiéramos que somos los pecados que cometimos en el cielo, siempre tendríamos la actitud del publicano, el cual se arrepintió profundamente de sus pecados, diciendo: “Señor, soy pecador”, ¿cómo podríamos atrevernos a proclamar nuestra propia justicia en Dios e insistir en nuestra propia opinión y reinar sobre los demás?

1 P. 5:1-4 “[…] Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplo de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.”

Cuando damos un buen ejemplo de humildad, y consideramos a los demás mejores que nosotros, como Cristo nos enseñó, los que escuchen el evangelio alcanzarán su pleno entendimiento bajo la dirección de Dios.

El rey Nabucodonosor y el rey Saúl fueron humillados por su arrogancia

Hay muchos casos bíblicos de aquellos que fueron humillados por su arrogancia. En Daniel 4, cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia se ensoberbeció y  olvidó por completo a Dios, perdió todo su poder y fue humillado más que cualquier hombre. Luego de eso, aprendió la humildad. Cuando se hizo humilde, su sabiduría y entendimiento se le volvieron y su reino le fue devuelto (Dn. 4:24-37).

La actitud de la humildad con un corazón servicial

Todo lo que tenemos viene de Dios. Por eso, no hay nada de que gloriarnos delante de Dios (ref. 1 Co. 4:6-7). Si la gracia de Dios que me fue dada le hubiera sido dada a otra persona, este habría dado la gloria a Dios más que yo, y habría llevado a cabo la obra del evangelio con más fidelidad. Pensando así debemos humillarnos.

Tengamos una actitud de humildad los unos con los otros, junto con un corazón de servicio, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre y nuestra Madre. Como el publicano de la parábola, humillémonos y demos gracias a Dios por su abundante gracia dada a estos pecadores; siguiendo el ejemplo de Cristo, practiquemos la humildad en nuestra vida diaria, humillándonos ante Dios y sirviéndonos mutuamente, para que todos entremos en el eterno reino.

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